El comportamiento del gobierno estadounidense ante la pandemia del coronavirus, que afecta severamente a su pueblo, no resulta un fenómeno nuevo, desde el punto de vista histórico.
Carlos Marx, afirmó que, según Hegel, “[…] todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Y añadía: “[…] la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de Gobierno y de Estado eran como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable. (Marx, 2003, p. 10 y 64).
Hoy, cuando la historia se repite, vale recordar la manera en que las epidemias azotaron a sus fuerzas interventoras en la guerra de independencia que los cubanos sostenían contra España en 1898. Entonces la lucha independentista alcanzaba su tercer año, en medio de una disputa en que las tropas cubanas estaban a las puertas de alcanzar la victoria, por la guerra popular, prolongada y de desgaste sistemático que desarrollaban contra las colonialistas, superiores en número y mejor pertrechadas.
Al no materializarse las condiciones para la victoria del Ejército Libertador contra España en la guerra de 1895, a través de la “guerra generosa y breve” como quería Martí, a pesar de que los mambises estaban en condiciones de sostener la lucha por tiempo indefinido, y decidirla a su favor, en medio de condiciones adversas, en 1898 los Estados Unidos consideraron el momento preciso para apoderarse de la Isla.
El 21 de abril de 1898, bajo el pretexto de la voladura del Maine, el gobierno estadounidense presentaba al de España, como ultimátum, la Resolución Conjunta, con lo cual quedaron rotas las relaciones diplomáticas entre ambos Estados. Ese día la Escuadra del Atlántico Norte, que desde fines de marzo fue concentrada en Cayo Hueso, al mando del contralmirante William T. Sampson, comenzó su despliegue en el norte de Cuba, incluso antes de que declarara oficialmente el bloqueo, autorizado el 22 mediante proclama del presidente William McKinley. Con la declaración del día 25, dio inicio la primera guerra imperialista de la historia.
En la órbita de esta guerra, el 10 de junio de 1898, se produjo el desembarco anfibio de fuerzas de infantería de marina estadounidenses, el primero de este tipo realizado por el imperialismo yanqui, con la misión de ocupar la bahía de Guantánamo y establecer la base de apoyo logístico de la flota que bloqueaba a Santiago de Cuba, interferir las comunicaciones españolas a través del cable submarino, y asegurar las de la flota de Sampson con Washington.
En esta operación, las fuerzas estadounidenses apoyadas por unidades mambisas de la 1ra División del Ejército Libertador, mandadas por el general guantanamero Pedro A. Pérez, contribuyeron a rechazar el hostigamiento español, desalojarlos del fuerte El Cuzco y asegurar el campamento avanzado de los marines en Playa del Este. Simultáneamente, las fuerzas insurrectas en Guantánamo estrecharon el cerco a las líneas militares españolas e impidieron la maniobra de refuerzo a Santiago de Cuba y la salida de esas tropas a la retaguardia del ejército yanqui, en cuyas operaciones desarrollaron formas y métodos de lucha característicos del arte militar cubano, los cuales favorecieron la derrota española.
Inmediatamente después del desembarco anfibio de las fuerzas del 1er Batallón de Marines de los Estados Unidos, por las costas de la bahía de Guantánamo, las instrucciones del capitán de fragata Bowman H. McCalla, al mando de la operación, fueron las de destruir, por medio del fuego, el caserío de Punta Pescadores, así como las malezas de sus alrededores. En la decisión influyeron las recomendaciones del cirujano del buque USS Marblehead y del médico cubano, coronel cubano Gonzalo García Vieta, más los antecedentes conocidos de los efectos de la epidemia de fiebre amarilla, que golpeaba tanto a cubanos como españoles en toda Cuba.
McCalla consideraba que para impedir la infección de los marines y de la tripulación de los buques de la flota estadounidense era necesario adoptar medidas de precaución enérgicas, teniendo en cuenta que la enfermedad ya había aparecido entre las fuerzas expedicionarias del 5to Cuerpo de Ejército desembarcadas al este de Santiago de Cuba, por las costas de Daiquirí y Siboney, entre los días del 22 al 24 de junio.
En el mando estadounidense no existía precepción del riesgo de contagio, particularmente entre los oficiales del Ejército y la Armada: “[…] quienes por falta de experiencia no valoraban el carácter de la enfermedad, y parecían estar bastante ajenos de que de la salud de la Flota dependía la seguridad del Ejército […]”, expresaba McCalla. Y agregaba: “[…] varios de mis colegas navales creían que muchas de mis precauciones extremas eran innecesarias”. (Hispanic Division, Library of Congress, 1999).
Entre las medidas para asegurar la inmunidad, McCalla dispuso que a todas las personas, incluyendo a los corresponsales de guerra (excepto los oficiales y marines de los buques que no estuvieran en cuarentena) se les prohibía desembarcar en Punta Pescadores; todas las embarcaciones, que hubieran tenido vínculos con el ejército en Siboney, Daiquirí o Santiago de Cuba, debían permanecer estrictamente en cuarentena o estaban obligados a abandonar la bahía; todos los españoles “presentados” o prisioneros fueron desinfectados, bañados en un salvavidas anclado a cierta distancia del buque, y se les dio ropa nueva antes de recibirlos a bordo; y a los marines y la tripulación de los buques surtos en la bahía de Guantánamo les fue suministrada agua potable, previamente destilada en las calderas de los buques.
Sin embargo, esa no era la apreciación del mando estadounidense, como lo demuestra la visita que realizó a la bahía de Guantánamo el Comandante General del Ejército de ese país, Nelson A. Miles, el 19 de julio, a bordo del buque USS Yale. Cuenta McCalla que Miles, después de rechazar su invitación para inspeccionar las fuerzas destacadas en el campamento de los marines en Playa del Este, criticó las decisiones del contralmirante William T. Sampson, Comandante del Escuadrón del Atlántico Norte, y las órdenes sanitarias implementadas contra la infección de la fiebre amarilla en la bahía de Guantánamo.
Miles consideraba que la cuarentena pretendía obstruir sus movimientos camino a la invasión a Puerto Rico y evitar la libre comunicación con sus subordinados y los transportes, los cuales habían permanecido en cuarentena de acuerdo con la regla establecida en la bahía de Guantánamo. Totalmente olvidado del hecho de que el éxito de la campaña de Puerto Rico podía depender de la salud de la flota, el General obtuvo la aprobación de una orden firmada por el presidente William McKinley, mediante la cual se autorizaba levantar la cuarentena sobre todos sus transportes el día antes de salir su expedición, que tuvo lugar el 22 de julio.
McCalla relató: “[…] las autoridades de Washington asumieron una seria responsabilidad ya que, si la fiebre amarilla se hubiera desatado en la flota, tal como ocurrió en los campamentos del ejército en las cercanías de Santiago, nuestros buques habrían sido obligados a abandonar Cuba a toda prisa, como tuvo que hacer el ejército de William R. Shafter, incluso antes de que los españoles hubieran evacuado la isla”. (Hispanic Division, Library of Congress, 1999). Estas medidas previnieron la aparición de la fiebre amarilla en los buques y en el campamento de los marines, aunque en tres ocasiones, buques del ejército anclaron en la bahía de Guantánamo, una vez con la enfermedad a bordo, y dos veces con indicios de ella.
La consulta de la lista de enfermos del Batallón de Marines evidencia que el promedio de infectados llegó solo al 2,5 %, y en la Flota el 3 %. Sin embargo, para el ejército desembarcado en los alrededores de Santiago de Cuba otra fue la historia. Las enfermedades epidémicas causaron diez veces más muertes que las balas y se reportaban casi 900 enfermos por día. Del total de muertos en esa guerra, 3 000 ocurrieron por enfermedades epidémicas, particularmente la fiebre amarilla, lo cual representó el 59 % del total de bajas.
En el Diario personal de Theodore Roosevelt, aparece una interesante anotación, correspondiente al domingo 17 de junio: “La mitad de los hombres de mi regimiento están muertos o inútiles por heridas o enfermedad”. (Punto de Encuentro, 1898).
Un alto oficial ruso, el coronel Nikolai Ermolov, enviado por el Zar Nicolai II Alejandrovich Romanov, como observador militar del Estado Mayor en la guerra hispano cubano estadounidense, describe que “[…] los norteamericanos no sabían cuidar grandes masas de tropas. Ninguna, incluso las más elementales normas para la prevención de enfermedades en general, y de la fiebre amarilla en particular, fue adoptada en Cuba”.
“Los buques que participaron en la evacuación de enfermos y heridos desde Cuba —Séneca, Corcho, Hudson y otros— estaban por debajo de cualquier crítica […] Un periódico escribió sobre el Séneca: “Y nuestros buques-hospitales, de los cuales nos jactábamos, no resultaron ser otra cosa que recintos de infección a flote”.
“No hubo ninguna esfera de los servicios que fallara tanto en esta guerra como la de los servicios médicos […] dos jóvenes doctores gritaron un día: ‘¡Coronel, esto es horrible! No tenemos nada, ni quinina, ni termómetros. Un herido gime con una bala en un pulmón y se ahoga por el humor y no podemos operarlo porque no tenemos instrumentos’”. (Datos tomados de Juventud Rebelde, 2008).
Al naciente imperio no le bastó con desoír las recomendaciones. Para colmo, al finalizar la guerra, que no ganaron, el número de enfermos era tan elevado que decidieron enviar a Cuba, como remplazo, a soldados negros de las regiones del Sur de los Estados Unidos, mandados generalmente por oficiales regulares blancos. Este tipo de fuerzas, denominadas “de inmunes”, había sido creada en mayo de 1898, y varios regimientos participaron en las operaciones militares contra las fuerzas españolas en Santiago de Cuba. El gobierno y los jefes militares partían de la errónea creencia de que el color de la piel impedía contraer enfermedades tropicales, particularmente la fiebre amarilla, y que estos soldados podían soportar y mejorar su rendimiento físico en medio del calor y temperaturas altas y húmedas.
En honor a la justicia histórica, estos soldados tuvieron comportamientos heroicos durante la guerra, incluso simpatizaron con los cubanos. Sin embargo, no fueron inmunes a las enfermedades tropicales, si tenemos en cuenta el elevado número de enfermos entre sus filas, aunque esta no fue su mayor desgracia, sino la sufrida por las manifestaciones de racismo recibidas de sus superiores blancos.
Así se mueve el mundo capitalista, especialmente el estadounidense, gobernado en nuestros tiempos por un maniático. Por eso no debemos formarnos una idea demasiado esperanzadora de las consecuencias de esta pandemia en su pueblo noble. El orden burgués sigue siendo un monstruo que consume la riqueza de la mayoría a cualquier costo. Ojalá no tengamos que presenciar cómo los ideales que dieron origen a la Estatua de la Libertad, se desplomen sobre su base en la isla homónima de Nueva York.
Cuba, que enfrenta esta pandemia en medio de un bloqueo económico y persecución financiera sin parangón en la historia humana, trabaja para alcanzar el bienestar de su pueblo y también para el mundo, como lo expresó el Presidente de la República Miguel Mario Díaz Canel Bermúdez. Al acecho de los cancerberos no escapan los medicamentos para paliar los efectos de la pandemia.
Vale recordar las palabras de elogio de nuestro Apostol José Martí, —publicadas en Patria, el 3 de febrero de 1894— a propósito de los esfuerzos realizados por el médico revolucionario Fermín Valdés Domínguez entre la población pobre de emigrados en los Estados Unidos, y en la ciudad de Baracoa, Guantánamo. A las autoridades españolas de esta última ciudad, no le quedó más remedio que reconocer “[…] los relevantes y humanitarios servicios que ha prestado en esta jurisdicción exponiendo su propia vida en diferentes ocasiones por asistir a los enfermos y practicar reconocimientos y autopsias judiciales en épocas de abundantes lluvias, atravesando con su cabalgadura ríos a nado y caminos intransitables por llenar su deber y salvar la vida de los enfermos que reclamaban su asistencia”. (Martí, José, 1991, t. 4: 470).
Cuanta semejanza encontramos entre esta actitud y la de los médicos, enfermeras y personal de la salud cubanos que llevan a otros pueblos la experiencia de la medicina de este archipiélago y la humildad de quien ofrece lo que a otros le está negado por gobiernos mezquinos.
Y como los cubanos volvemos a Martí cada vez que la historia nos pone ante este tipo de nudo gordiano, sigamos sus enseñanzas, como única alternativa de victoria: “Andemos nuestro camino, de menos a más, y sudemos nuestras enfermedades. La grandeza de los pueblos no está en su tamaño, ni en las formas múltiples de la comodidad material, que en todos los pueblos aparecen según la necesidad de ellas, y se acumulan en las naciones prósperas, más que por genio especial de raza alguna, por el cebo de la ganancia que hay en satisfacerlas. El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, y mujeres venales y egoístas: pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras”. (Martí, 1991, t. 8: 21).
Fuentes.
Hispanic Division, Library of Congress. (1999). The World of 1898. The Spanish-American War. McCalla, Bowman Hendry, 1844-1910. Memoirs of a naval career: typescript, 1910. 4 v.
Juventud Rebelde. (6 de Noviembre de 2008). “Apreciaciones de un coronel ruso que participó en la guerra hispano-cubano- americana”. (E. digital, Ed.) Obtenido de www.juventudrebelde.cu/cuba/2008-11-06.
Martí, José. (1991). Obras Completas (Vol. 20). La Habana: Ed. Ciencias Sociales.
Marx, Carlos. (2003). El 18 Brumario de Luís Bonaparte. Madrid: Fundación Federico Engels.
Punto de Encuentro. (1898). “Bajas del ejército español en Cuba. Área del Caribe”. Obtenido de https://1898.mforos.com/1026829/6240855-bajas-del-ejercito-espanol-en-Cuba.



MUY BUENO! Yo tú, lo mandaba para Cubadebate o cualquier otra plataforma de mayor visibilidad, porque son cuestiones casi desconocidas entre nosotros, y muy oportunas recordarlas hoy.
Me quedé pasmada con el dato del coronel Nikolai Ermolov, enviado por el Zar Nicolai II Alejandrovich Romanov, como observador militar del Estado Mayor en la guerra hispano cubano estadounide… jajajaja… la geopolítica no es asunto de hoy.